Guernica | Parecía una broma de mal gusto del destino. Mientras el mundo celebraba la llegada del nuevo milenio, Guernica se convertía en el epicentro de una tragedia climática sin precedentes. Todo empezó en diciembre de 2000, cuando un tornado categoría F3 cruzó los barrios San Martín y Parque Americano, dejando 45 heridos y un rastro de destrucción que parecía insuperable. Nadie imaginaba que lo peor estaba por venir apenas 15 días después.
En la madrugada del 10 de enero de 2001, un segundo tornado, aún más feroz que el primero, volvió a tocar tierra. «Se escuchaba un rugido como de cien trenes pasando por arriba del techo», relatan quienes sobrevivieron a esa noche. Esta vez, el embudo arrasó con Numancia, Santa Elena y el centro de la ciudad, dejando un saldo trágico de cinco muertos y más de 1.500 personas que lo perdieron todo de un momento a otro.

En la avenida Crisólogo Larralde, el viento volcó el trailer de un camión.
El panorama al salir el sol era desolador: camiones volcados como si fueran de juguete, techos de zinc enrollados en los postes de luz y árboles centenarios arrancados de cuajo. Un dato que quedó grabado en la memoria colectiva fue la destrucción de un serpentario local, lo que provocó que el viento desparramara víboras yararás por toda la zona urbana, sumando pánico a la ya crítica situación de los rescatistas.
Los testimonios de aquel entonces reflejan una angustia que aún hoy hace temblar la voz de los vecinos. «Cada vez que relampagueaba, se veía el embudo gigante avanzando y llevándose todo», recordaba un habitante del barrio Numancia. La ciudad fue declarada zona de desastre; el Hospital Cecilia Grierson quedó seriamente afectado y el Ejército Argentino tuvo que intervenir para repartir agua y víveres entre los miles de evacuados.

En la plaza Díaz Vélez, los árboles fueron arrancados de cuajo.
Científicamente, la NASA identifica a esta región como parte de un «corredor de tornados», zonas propensas a estos fenómenos extremos. Sin embargo, para Guernica, no fue solo un dato meteorológico, sino una prueba de fuego para una comunidad que apenas tenía cinco años de autonomía como municipio. La reconstrucción llevó años y el miedo a las tormentas fuertes se convirtió en una herida difícil de cerrar para toda una generación.
Hoy, a un cuarto de siglo de aquellas jornadas, la tecnología nos permite ver fotos de aquel día restauradas con inteligencia artificial, devolviéndole nitidez a los recuerdos de un pueblo que se puso de pie a pura fuerza de voluntad. Guernica ya no es la misma, pero la memoria de aquel enero de 2001 sigue viva en cada rincón, recordándonos la fragilidad ante la naturaleza y la importancia de estar unidos.
















