San Vicente | El pasado 4 de febrero, un procedimiento policial en un domicilio de la calle San Juan al 100, en San Vicente, interrumpió la cotidianeidad de una familia y de su mascota más singular. En cumplimiento de una orden judicial por presunta infracción a la Ley 14.346, que aborda el maltrato y actos de crueldad animal, las fuerzas de seguridad procedieron al secuestro de un ñandú hembra que habitaba en el patio de la propiedad.
El operativo, derivado de denuncias anónimas, marcó el inicio de un conflicto donde la normativa vigente choca frontalmente con la realidad emocional de un hogar.
Para las autoridades y la justicia, el caso es claro: el ñandú es un animal silvestre y, por definición legal, «no doméstico». Bajo esta premisa, la Justicia dispuso el traslado del ejemplar a un establecimiento especializado en la localidad de Luján para asegurar su resguardo y bienestar. Mientras tanto, el propietario de la vivienda, Leonardo Quilici, fue notificado de la formación de la causa penal, enfrentando el rigor de un sistema que busca proteger a la fauna de condiciones de vida inadecuadas.
Sin embargo, detrás de la carátula policial de «malos tratos», existe una versión que ha conmovido a los vecinos de la zona. Quienes conocen a la familia aseguran que el animal nunca fue víctima de crueldad; por el contrario, fue criado con un afecto que trasciende las categorías biológicas. Para sus dueños, no se trataba de un ejemplar de fauna silvestre en cautiverio, sino de un integrante más de la familia que recibía cuidados, alimento y, por sobre todo, un cariño genuino que hoy se ve interrumpido por la frialdad de los protocolos.
La preocupación ha escalado de manera alarmante tras conocerse noticias sobre el estado actual del ave en su nuevo destino. Reportes cercanos a la familia indican que, desde su traslado a Luján, el ñandú muestra signos evidentes de tristeza y ha dejado de alimentarse con normalidad. Este declive anímico ha encendido las alarmas de la comunidad sanvicentina, que interpreta esta reacción como una muestra de «angustia» por el desarraigo de su entorno conocido y de las personas que han sido su único referente de cuidado.
Frente a esta situación, se ha iniciado una intensa campaña en redes sociales bajo el pedido de que el animal regrese a su hogar original. Los vecinos argumentan que, si bien la ley busca proteger, en este caso particular el remedio parece ser más dañino que la enfermedad. El clamor popular solicita a la justicia una mirada más humanizada que contemple el bienestar integral del animal, el cual parece deteriorarse lejos de la familia Quilici pese a los esfuerzos técnicos del centro de resguardo.
El destino del ñandú de San Vicente permanece hoy en un limbo entre lo jurídico y lo afectivo. Mientras la causa sigue su curso legal, el tiempo corre en contra de un ser vivo que no entiende de leyes, pero sí de ausencias. La comunidad espera que las autoridades puedan evaluar una alternativa que priorice la salud emocional del ovíparo, permitiendo que la ciencia y la ley encuentren un punto de encuentro donde el corazón también tenga voz.
















