San Vicente | El fin de semana del 14 y 15 de febrero, San Vicente se transformó en el epicentro de la alegría. La avenida Biocca se vistió de gala para recibir una marea humana que, desafiando incluso los pronósticos de lluvia del domingo, se acercó para disfrutar de una celebración que ya es un clásico del distrito. Bajo la premisa de «Alegría Pura, Alcohol Cero», el operativo municipal garantizó que el corso fuera, ante todo, un espacio seguro para los más chicos y sus familias.
La jornada del sábado dio el puntapié inicial con una convocatoria que superó las expectativas. Cerca de 8.500 personas se agolparon tras las vallas para ver pasar a agrupaciones emblemáticas como Carandirú, Iberá Porá y el Candombe San Vicente. El ritmo de los parches y el brillo de los trajes contagiaron a los vecinos, mientras la banda «La Bandeja» se encargaba de cerrar la noche con el volumen bien alto, haciendo bailar a todos frente al escenario principal.

Además de las murgas y comparsas, el público fue el protagonista de las dos noches.
El domingo, a pesar de una mañana que arrancó gris y lluviosa, el cielo se despejó justo a tiempo para la segunda y última función. Esta jornada fue aún más masiva, alcanzando picos de asistencia que, según estimaciones oficiales del intendente Nicolás Mantegazza, elevaron la cifra total del fin de semana por encima de los 20.000 visitantes. Turistas de localidades vecinas como Glew, Guernica y Alejandro Korn llegaron masivamente aprovechando la conectividad de las líneas 404, 435 y 79.
En esta segunda noche, el despliegue artístico no dio respiro. El regreso de Asapoty y la fuerza de los Sumaj Runas Tinkus aportaron una impronta cultural diversa, sumándose al paso de Candombe Ruta 6 y Los Renacientes de la Esperanza. Uno de los momentos más aplaudidos fue la presentación de la comparsa invitada GRES Alegría de Zona Sur, que trajo todo el despliegue del estilo brasileño a la avenida principal, antes de que el grupo «Confites» pusiera el broche de oro musical.
Más allá del baile, el carnaval tuvo un marcado perfil solidario que la comunidad celebró. Los tradicionales food trucks estuvieron a cargo de los Bomberos Voluntarios, permitiendo que cada hamburguesa o bebida comprada ayudara al equipamiento del cuartel. Del mismo modo, la venta de la infaltable nieve de carnaval quedó en manos de la Cooperadora del Hospital Ramón Carrillo, transformando la diversión de los niños en recursos fundamentales para la salud pública local.


En esta edición hubo mucho colorido y actuaciones memorables de La Basndeja y Confites.
A lo largo del recorrido, también se pudo disfrutar de un paseo de artesanos y emprendedores locales que ofrecieron sus productos entre pasada y pasada de las murgas. El ambiente distendido se mantuvo gracias a los controles policiales en los ingresos, que aseguraron el cumplimiento de la norma de «alcohol cero», permitiendo que las familias pudieran circular con tranquilidad por las veredas, incluso cuando el paso se hacía estrecho por la enorme cantidad de público.
Al finalizar el evento, el balance no podría haber sido más positivo. San Vicente no solo recuperó una fiesta popular que año a año gana más cuerpo, sino que logró integrar a las instituciones locales en un proyecto común. Con el eco de los tambores todavía resonando en la Avenida Perón, la ciudad se despidió del Rey Momo confirmando que, cuando hay organización y participación vecinal, el carnaval es verdaderamente el alma del pueblo.
















