Caminar por las calles de la localidad bonaerense de Alejandro Korn o visitar instituciones que llevan su nombre suele evocar una imagen de progreso intelectual y humanismo del siglo 19. Sin embargo, la historia de Kryygi, una niña del pueblo Aché, nos obliga a confrontar el lado más tenebroso de estos personajes venerados. Su vida fue una sucesión de atropellos perpetrados bajo el amparo de la «ciencia» y la supuesta «civilización».
Todo comenzó con una masacre en 1896, en las selvas paraguayas del Ybytyruzú, donde colonos alemanes atacaron su aldea. Kryygi, que apenas tenía dos o tres años, sobrevivió a la matanza solo para ser convertida en un botín de guerra. Sus captores la rebautizaron como “Damiana”, un nombre impuesto que marcaba el inicio de la anulación sistemática de su identidad originaria.
En 1898, la niña fue trasladada a San Vicente, Buenos Aires, para ingresar al hogar de la madre del célebre filósofo y psiquiatra Alejandro Korn. Bajo ese techo, Kryygi no fue recibida como una refugiada o una hija adoptiva, sino que fue «preparada» para servir como empleada doméstica. Lo que la historia edulcorada omite es que este vínculo no era más que una forma de esclavitud disfrazada de caridad.

La cercanía de la casa con el Museo de Ciencias Naturales de La Plata facilitó que Kryygi se convirtiera en un objeto de estudio permanente. El antropólogo Robert Lehmann-Nitzche la sometió durante años a humillantes exámenes antropométricos. Resulta escalofriante pensar que, mientras la niña demostraba su asombrosa capacidad para dominar el castellano y el alemán, los científicos la seguían catalogando como parte de una «raza subhumana».
El salvajismo científico no tuvo límites: Kryygi fue fotografiada desnuda desde muy pequeña, perpetuando su imagen como un espécimen de laboratorio. Estas prácticas, lejos de ser «avances», representaron una violación constante a su intimidad y dignidad. El interés de los investigadores no era su bienestar, sino validar teorías racistas que justificaran la supuesta superioridad europea.
Cuando Kryygi alcanzó la pubertad, su comportamiento natural fue interpretado a través del lente del prejuicio moral cristiano de la época. Al no ajustarse a las estrictas reglas de conducta impuestas, fue declarada «insana mental». Su despertar sexual, descrito por Lehmann con un morbo pseudocientífico, fue la excusa perfecta para profundizar su marginación y castigo.
El papel de Alejandro Korn en este calvario fue determinante y cruel. El reconocido psiquiatra no solo la internó en el hospital de Melchor Romero (hoy bautizado con su nombre), sino que, al no poder «contenerla», la acusó de delincuente. Finalmente, Kryygi terminó sus días encerrada en una casa de corrección en Buenos Aires, víctima de un sistema que primero la esclavizó y luego la criminalizó por existir.
La muerte no le trajo descanso a la joven Aché, quien falleció de tuberculosis a los 14 o 15 años en 1907. En un acto de barbarie final, su cuerpo fue decapitado tras su fallecimiento. Su cabeza fue enviada a Berlín para ser estudiada por Hans Virchow, convirtiendo sus restos en trofeos de una ciencia que se alimentaba del despojo y la profanación.
Pasó más de un siglo para que se iniciara un proceso de reparación histórica. En 2010 y 2012, gracias al esfuerzo de antropólogos argentinos, sus restos y su cráneo fueron finalmente restituidos a la comunidad Aché de Ypetimi. Fue allí, en el bosque donde debió haber crecido libre, donde recibió el velatorio y la sepultura que la dignidad humana exige.
La historia de Kryygi es una advertencia sobre los peligros de la veneración ciega a figuras históricas. Los nombres que hoy adornan nuestras ciudades a menudo esconden complicidades con el racismo y la opresión. Recordar a Kryygi no es solo un acto de memoria por una niña esclavizada, sino una invitación a cuestionar qué valores estamos celebrando cuando honramos a ciertos «personajes ilustres».
















