Publicamos el segundo capítulo del libro “San Vicente, un Pueblo, un Partido” de la escritora e historiadora Haydée Epifanio, obra declarada de Interés Municipal por la Municipalidad de San Vicente; de interés legislativo por el HCD de San Vicente; y de interés legislativo por la Cámara de Senadores de Buenos Aires.
El Partido de San Vicente
El 30 de diciembre de 1784 el Cabildo de Buenos Aires trató un oficio del Gobernador Intendente en el que se expresaba: «… se ha advertido que en las dilatadas Campañas de jurisdicción de esta Capital se experimentan muchos excesos difíciles de evitar no acrecentándose el número de jueces…» Para paliar el mal, se dispuso el nombramiento de nuevos Alcaldes de Hermandad: «… y en el dilatado pago de la Magdalena, uno en la parroquia de los Quilmes, otro en la de San Vicente y otro en la de la Magdalena…»
Es así como, el 1 de enero de 1785, siguiendo la división eclesiástica, se designaron Alcaldes de Hermandad para los curatos creados en 1780. Hay que hacer notar que los Alcaldes de Hermandad fueron las primeras autoridades de que se dotó a los pagos, lo que significaba su promoción al rango de Partido.
En 1790, en el Acuerdo del Cabildo, se señalaron sus límites: «se extiende de sur a norte como ocho leguas y otras tantas hasta el Riachuelo de esta ciudad por su norte; al este con el curato de los Quilmes, como cinco leguas; al poniente con la Guardia de los Ranchos como a doce leguas» (algo así como 8.000 Km²). Un solo Alcalde de Hermandad no podía atender debidamente tan dilatada extensión, por lo cual en varias oportunidades se intentó dividirlo.
En 1815, el Coronel García, al retornar de un viaje a las Salinas, propuso al Gobernador Intendente, Antonio González Balcarce, segregarle Monte y Ranchos; se trató el tema en el Cabildo, pero no prosperó. En 1819 fue el Alcalde Zenón Videla quien expuso a la citada Corporación los problemas que ocasionaba la excesiva dimensión del partido, no atendiéndose a sus reclamos. Al año siguiente fue elegido para sucederlo D. Juan Manuel de Rosas, quien se rehusó a aceptar el cargo, entre otras razones, por la extensión del distrito.
Finalmente, en 1822, disueltos los Cabildos el año anterior, se reorganizó administrativamente la campaña, segregándose del partido de San Vicente una extensión considerable para formar los de Cañuelas, Monte y Ranchos.

La formación del pueblo
El lugar donde se encontraba la capilla convertida en parroquia -oratorio particular que don Vicente Pessoa había puesto bajo la advocación de San Vicente, según manifestara en su testamento- no era el más adecuado para atender a toda la feligresía de una zona tan extensa, por «lo difícil y penoso que le es a los fieles concurrir los días festivos a las funciones parroquiales, así por la considerable distancia, como por lo penoso de las cañadas, y lo que es más, por estar la referida parroquia en un lugar que está expuesto a experimentar los continuos insultos del bárbaro enemigo.»
Es por eso que muy pronto el párroco solicitó al obispo la traslación de la misma a un lugar más cercano a Buenos Aires. Haciéndose eco del pedido, el obispo envió una nota al Virrey recordándole «que antes de la erección de este curato era un oratorio en la estancia de dicho cura…» Y que al tiempo de dicha erección el vecindario había indicado que «el lugar más cómodo para construir Iglesia parroquial era el de las inmediaciones a la población de don Nicolás Quiroga, ahora difunto por estar cuasi en el centro de la feligresía; y aunque es verdad que quedan algo más apartadas las chacras de las Cañuelas, es poco embarazo respecto a que en ellas no habitan en lo más del año familias, por lo expuestos que están a las invasiones de los indios, dejándolas respectivamente sus dueños a cargo de un peón…»
En un juicio entre la viuda de D. Gaspar Avellaneda y Da. Mariana de Quintana, descendiente de los Gutiérrez, aparece en el detalle de los ocupantes de las tierras en litigio «un rancho en el que el Maestro Pessoa intenta construir una capilla.»
Cuando ya contaba con la aprobación del obispo, Pessoa desistió de la mudanza; los ataques de los indios se habían hecho más intensos después de la reorganización propuesta por Betbezé y una avanzada había dejado a la Guardia de los Ranchos en difícil situación. «Carecen del más inmediato pasto espiritual como de las temporalidades necesarias para su alimento y subsistencia, por ser un paraje sin leña, constituyendo el poroto su único sustento…», le escribía al obispo. En 1784 les dio sitio a esas familias y a sus sementeras junto a la parroquia. Poco a poco se fueron asentando nuevos pobladores en el lugar.
En 1802 el Maestro Pessoa enfermó, trasladándose a Buenos Aires, donde murió al año siguiente. En su testamento acotaba que «la causa de no dejar la capilla para curato es el estar en terreno indiviso y no saber si me tocará en mi haber, y caso de que dicho terreno correspondiera a otro heredero, le suplico por amor a Dios que la citada capilla se mantenga en los mismos términos en que la tengo, con el objeto de cada año se siga en ella un aniversario de misas por el bien de las almas de mis finados padres y la mía», agregando más adelante que «…del remanente que quedare de todos mis bienes, derechos, acciones o futuras sucesiones que me pertenezcan en cualquier manera que sea, elijo, instituyo y nombro por única y universal heredera a mi alma, por lo cual se deducirán todos mis bienes a dinero y la cantidad que fuese se reparta en sacerdotes clérigos para que lo apliquen en sufragios por el bien de mi alma.»

Le sucedió el presbítero José León Benegas. A él le cupo la tarea de poner en orden los libros de la parroquia, que el padre Pessoa no llevaba en su debida forma, según surge de la Visita que el obispo Lué realizó en 1803.
En 1807 se hizo cargo de la parroquia Marcelino Legorburu, que había sido párroco en Colonia. Poco después se va a suscitar una cuestión por tierras de la parroquia con D. Agustín Pessoa, hermano del primer párroco, residente en Buenos Aires. En su oficio al juez el cura sostenía en 1809: «varios vecinos solicitan acercarse a mi parroquia y ser el tiempo más a propósito para poblar, suplico a V.E. me faculte para dar sitios y que la población empiece, y principalmente para hacer una escuela, de que es notoria la necesidad que tiene esta juventud.»
El estado de la capilla para ese entonces era calamitoso, «inundada de ratas y llena de goteras…» Legorburu se encargó del arreglo, enladrillando la iglesia y su vereda, cercando el camposanto y componiendo puertas y ventanas. Adquirió, además, dos confesionarios, una imagen de Nuestra Señora del Carmen con su corona de plata y renovó los vestidos de la Virgen de los Dolores y de San Vicente.
En 1813 fue nombrado teniente cura Juan José Passo y, en 1816, cura párroco Atanasio San Martín. Este se dio a la tarea de deshacer la capilla vieja y construir una nueva con el aporte de todos los vecinos. También alargó el camposanto.
Es de destacar la importancia que alcanzaba en la zona la celebración de la Semana Santa. De los gastos detallados en el Libro de fábrica surge que la festividad adquiría carácter excepcional, llegando sacerdotes de otros lugares, contratándose la actuación de músicos y cantores y engalanándose la parroquia toda.
A comienzos de 1823 estalló en Buenos Aires una revolución originada, por un lado, en la negativa del gobierno de brindar la ayuda solicitada por San Martín que se hallaba combatiendo contra los realistas en Perú; por otro, en la tendencia general de la administración, contraria a los intereses del país y, por último, en la proyectada reforma eclesiástica rivadaviana.
El movimiento se había generado en la campaña, en la casa de campo del Dr. Tagle; en Cañuelas lo organizó don Hilarión Castro y en la misma participaron elementos sanvicentinos. Dos de ellos fueron apresados, quedando a cargo del comisario de policía. Un testigo del juicio a los culpables declaró que uno de los conjurados, Antonio González, había destacado algunos hombres a la casa del Alcalde para sacarle armas a nombre de los colorados de Rosas que venían atrás. La conspiración fue denunciada con antelación y el gobierno pudo abortarla.

Un traslado frustrado y un fallo singular
El sitio donde había surgido espontáneamente el pueblo de San Vicente, al norte de la laguna, era inundable. En 1825 el Juez de Paz solicitó su traslado, pero no encontraron un lugar apropiado y a bajo costo para hacerlo. Se mencionaba una lomada cerca de allí y se citó a los herederos de Pessoa, sus dueños, quienes dos años antes habían actualizado el viejo pleito iniciado hacía más de quince años por su padre, Agustín, contra los «intrusos» instalados en sus tierras para que pagaran arrendamiento o, en su defecto, las abandonasen.
El cura párroco, San Martín, asumió la representación de los pobladores (muchos de ellos se habían acercado a la parroquia durante la gestión del padre Legorburu y con autorización del Superior Gobierno) y con una hábil defensa consiguió que el litigio concluyera con una sentencia favorable, la que expresaba lo siguiente:
«…que la parte de los descendientes del finado Dn. Antonio Pessoa no han probado su acción, como probar les convino declárola por no probada; y que la parte de los pobladores de San Vicente han justificado sus excepciones y defensas, como debían declárolas por bien probadas. En su consecuencia debo absolverlos y dar por libres, como les doy de la demanda contra ellos intentada por los descendientes del finado Dn. Antonio Pessoa, imponiéndoles, como les impongo, perpetuo silencio, para que sobre ella no puedan pedir ahora, ni en tiempo alguno…»
Este fallo asignó al poblado las tierras de los Pessoa. Sin embargo, las autoridades del distrito no guardaron memoria de él. En una mensura realizada en 1868 para los señores Zamudio, herederos de Doña Catalina Home de Pessoa, se hacía constar: «la Municipalidad de San Vicente no conserva título alguno escrito del terreno público que ocupa el pueblo y chacras por haberse extraviado desde hace mucho tiempo, pero tiene conocimiento de que Doña Catalina Home de Pessoa donó una cantidad de terreno a Santo Domingo situado al otro lado (al sud) de la punta de Gaitán, e igual cantidad le compró al mismo tiempo el Gobierno.»
Pero las tierras que doña Catalina donó al convento de Santo Domingo estaban ubicadas en los partidos de Lanús y Quilmes, es decir, eran parte de otra de las estancias de don Luis Pessoa, su padre. Doña Catalina nunca poseyó las tierras de la Laguna del Ojo puesto que, como vimos, correspondieron por herencia a su hermanastro, don Antonio Pessoa.
El traslado del pueblo del que hablábamos no se produjo y para paliar la situación el Gobierno se limitó a encomendar al Ingeniero Bevans la realización de algunas obras en las lagunas de San Vicente y La Bellaca para evitar los desbordamientos.

La época de Rosas
El pueblo constaba, por entonces, de ocho vecindades, cuatro casas de trato, dos atahonas y algunas arboledas. La escuela construida por el párroco en 1810, y que había tenido como maestro durante 14 años a D. José Antonio Miranda, pasó a depender del Gobierno en 1823 como «escuela dotada de los fondos públicos». Poco después se construyó un nuevo edificio: un rancho de paja con frente a la plaza y a 50 varas de la Iglesia. Medía 9 1/2 varas de largo por 6 de ancho, todo a dos aguas. Había también una escuela de niñas, a cargo de la Sociedad de Beneficencia, cuya preceptora era Da. María Taus.
En 1830, siendo Rosas gobernador, el jefe de Policía elevó una nota al Juez de Paz, D. Dionisio Serrano, ordenando le enviara un detalle de los individuos residentes en el partido que prestaron su servicio a la «causa». Serrano envió el informe consignando los federales y los neutrales (así calificaba a los que no se les conocía opinión alguna). No hablaba de unitarios. En las dos listas la profesión de los indicados es «propietario» o «hacendado»; no hay otra. En la primera se mencionaban 52 personas, entre ellas el cura. Los neutrales, por su parte, eran 55. En ambos casos el promedio de analfabetos es alto: 69 y 85% respectivamente.
En ese mismo año se decretó un ordenamiento de los pueblos de campaña. El agrimensor Saturnino Salas fue designado por el Departamento Topográfico para confeccionar el plano de San Vicente a fin de ordenar las futuras construcciones. En el plano se ven, además de la iglesia -único edificio de material- y la escuela, unos pocos ranchos de paja esparcidos sin orden.
Al año siguiente se aprobó «la nueva planta, sin que esta aprobación importe la destrucción de los edificios y poblaciones mal colocados y sí solamente que todo lo que en adelante se construya de nuevo sea precisamente con sujeción a la nueva traza, lo mismo que todo lo que se intentase renovar o mejorar.»
Desde tiempo atrás el pueblo bregaba por la construcción de un nuevo templo, y el padre Ferreyra, párroco desde 1830, participaba muy activamente en el proyecto, al lado de sus feligreses. El gobierno provincial, por su parte, tampoco era ajeno a estas preocupaciones: en 1832 el Ministro envió una nota al presidente de la comisión pro-templo dando cuenta de una disposición de Rosas de «que todas las multas que se sacaren, en virtud de las disposiciones vigentes, sean de la naturaleza que fueren, se entreguen al presidente de la Comisión constituida para la reparación y aseo del templo en ese punto [San Vicente], hasta nueva disposición de V.E. sobre el particular, cuidando de recoger en competente vecino que acompañará el parte bimestral…»
El 30 de julio y el 26 de diciembre el párroco acusó el recibo de $ 20 y 120, respectivamente, que le entregó el Juez de Paz en virtud de la nota antes referida.
En el archivo parroquial obra un presupuesto para la construcción del nuevo templo, fechado el 26 de setiembre de 1835. Costaría 23.717 pesos, habiendo una existencia en ladrillos y carpintería de 9.230 pesos. Las dimensiones de la nueva iglesia serían de 430 varas cuadradas de techo, 300 varas cuadradas de piso, 9 ventanas, escalera para llegar al coro y campanario. El plano había sido realizado por el Ing. Felipe Senillosa.
El padre Ferreyra daba «razón de los pagos hechos a los maestros albañiles, cortadores de adobe, peones y carpinteros, dueños de madera y quemadores de ladrillos para el nuevo Templo de San Vicente» los que totalizaban $ 18.106.
En 1838 llegó al pueblo una Misión de los RRPP Misioneros del Orden de NSP San Francisco. A su término se abrió una suscripción entre el vecindario encabezada por el cura vicario, el Comandante don Juan Aguilera y el Juez de Paz Felipe Brizuela, con el objeto de concluir la obra del nuevo Templo, parada por falta de fondos. Sin embargo, la finalización de la iglesia no se concretaba. Los que siguieron fueron años difíciles para el país debido, fundamentalmente, a los bloqueos, y San Vicente no escapó al problema.
A fines de 1839 estalló un movimiento sedicioso en Chascomús y Dolores. Tenía sus raíces, en buena medida, en la negativa de antiguos enfiteutas, fundadores de enormes latifundios, de pagar el canon que Rosas exigía y que antes no era satisfecho. Los rebeldes fueron derrotados. En San Vicente la revolución encontró adictos entre algunos estancieros, entre ellos Eustaquio Díaz Vélez y Dionisio Serrano. Algunos de los sediciosos fueron muertos, otros huyeron. La producción de sus estancias fue incautada para pagar al ejército. Por su parte el Juez de Paz, en su nombre y en el del vecindario, envió una nota a Rosas repudiando el levantamiento y ofreciéndole sus servicios. Asimismo encontramos donaciones de ganado hechas por estancieros de la zona para el ejército federal.

Después de Caseros, la revolución del 11 de setiembre de 1852 segregó la provincia de Buenos Aires del resto de país. Tres meses después se produjo en la campaña un gran movimiento contra el gobernador Alsina encabezado por un antiguo jefe rosista, el general Hilario Lagos, cuyo fin era, según sus palabras, «hacer de todos los porteños un solo pueblo y de todos los argentinos una sola nación.» El partido de San Vicente tuvo participación activa en el movimiento, nucleándose alrededor de su Juez de Paz, Manuel Ferreyra. Pero algunas onzas de oro y la traición de un marino hicieron fracasar la revolución y Ferreyra debió huir para salvar su vida. «Causas políticas» hicieron que el cura párroco se trasladara a Buenos Aires en ese período.
A fines de 1854, vencido Lagos, tuvo lugar en la campaña una importantísima Misión religiosa encabezada por el Arzobispo de Buenos Aires, Dr. Mariano José de Escalada acompañado de tres sacerdotes. En San Vicente se detuvo doce días, en cuyo transcurso concurrió a la iglesia casi todo el mundo.
Da una idea de la importancia de la Misión el hecho de que durante la misma se hayan realizado 757 confirmaciones.
La cruz de esta Misión fue dejada en el pueblo para veneración de los fieles. Cuando el pueblo se trasladó, se la colocó en la plaza Nordeste, que pasó a llamarse «de la Cruz» o «de la Misión».
Ubicación del pueblo viejo
Solo algunos antiguos vecinos conocen la ubicación aproximada del pueblo primitivo, por cuanto al crecer el pueblo nuevo se desdibujaron sus contornos y quedó integrado al mismo como barrio periférico.
El diario «El Nacional», en su edición del 21 de julio de 1855, nos daba una descripción del pueblo viejo de San Vicente, diciendo que era un «villorrio o caserío desordenado, sin calles determinadas, con una población de muchas almas, algunas casas de cierto valor y varios establecimientos de comercio que hacen un tráfico bastante activo. Aquella población está a orillas de la laguna del mismo nombre, la cual sirve de centro a un radio de tierras del Santo, por legado de un sacerdote que hace un siglo las destinó a fundar una población […] Los malos tiempos pasados han estorbado la construcción de un templo, para lo cual habían colectado en maderas, ventanas, etc. valor de más de doscientos mil pesos, de los que muchos se han destruido y no poco de lo que aún existe se deteriora, por el abandono. La solicitud de los vecinos ha hecho que se establezca una escuela y sea la población atendida por un cura, que felizmente goza de la consideración y respeto de los feligreses. Esta población está en el camino que recorren las Mensajerías.»

A mediados de 1854 ya se habían restablecido la mayor parte de las escuelas en la campaña, entre ellas la de San Vicente. El preceptor era, por entonces, F.J. Jimeno; los alumnos, 13. El 9 de abril de 1856 el Departamento de Educación nombró preceptor a D. Carlos Estrada, pero el mes siguiente tomó el cargo D. Antonio Castellini.
Con respecto a la escuela para niñas, el Juez de Paz, Escola, le comunicaba a la Presidente de la Sociedad de Beneficencia que el pueblo «era tan pequeño y falto de recursos que les será imposible a los padres que viven fuera de él el poner a sus hijos en la escuela. Puede estar segura -agregaba- que una de las primeras cosas que en el pueblo nuevo se hagan será ésta.»
No se ha encontrado, hasta la fecha, un plano del pueblo viejo, salvo el confeccionado por Salas en 1830. Se trató de reconstruirlo en base a fuentes documentales, logrando detectarse algunas propiedades que conforman el núcleo central y que han sido marcadas en el que se incluye en esta página.
Cabe señalar que los Alcaldes y Tenientes del Cuartel I vivían, en su mayor parte, cercanos a la iglesia, que estaba ubicada donde hoy está el Cementerio. Así, por ejemplo:
Santiago Mármol vivía a una cuadra de la iglesia; tenía casa de trato y administración de correos.
Julián Pérez vivía, en 1832, a tres cuadras de la iglesia, pero en 1836 tenía una pulpería a una cuadra de la iglesia, al este.
Dionisio Huertas tenía una pulpería a dos cuadras de la iglesia y a una cuadra de la plaza.
Basilio Frutos tenía su casa a doscuadras de la iglesia, al este.
Roque Ferreyra vivía a una cuadra de la iglesia.
Manuel Donato fue Juez de Paz del partido y vivía a media cuadra de la Iglesia.
Población
Como ya se dijo, al ser desplazado el centro económico sudamericano de Potosí al litoral rioplatense, esta región experimentó una reacción demográfica. En efecto, el pago de la Magdalena pasó de 673 habitantes en 1744 a 2.644 en 1778. Poco después se dividió en los tres curatos ya señalados.
En 1801 Azara calculaba la población del partido de San Vicente en 1.750 almas, mientras que el censo de 1815 indica que había 4.319 habitantes.
Piccirilli calcula para San Vicente en 1824 1.622 almas; para los partidos segregados: Ranchos, 1.830; Cañuelas, 2.037 y Monte, 1.700. Total: 7.189.
En 1838, en un censo mandado levantar por Rosas en la época del bloqueo con fines defensivos, encontramos en el partido 2.974 habitantes, de los cuales casi el 6% eran pardos y morenos y algo más del 1%, extranjeros. Sólo el 13% de la población figura como propietarios dueños de casas.
Por último, según el censo provincial de 1854, levantado poco antes del traslado del pueblo, había en San Vicente 4.452 personas, de los cuales 12% eran extranjeros. De éstos, el 60% eran ingleses y el 14% españoles; los porcentajes de otras nacionalidades no son significativos.
Vayamos al pueblo. En el censo de 1815 no se determina claramente su población, pero podemos inferirla; aparecen allá, además del cura y su personal de servicio, doce familias, con sus criados y agregados, que suman casi un centenar. El 73% son blancos; indios, 8%; negros, 8%; mulatos, 7% y 4%, pardos.
En 1838 vivían en el pueblo 201 personas, de las cuales sólo 1 era extranjera; el 21% eran propietarios dueños de casas. La proporción de blancos, pardos y morenos era igual a la del partido.
Finalmente, en 1854 contaba el pueblo con 1.014 habitantes. Esta cifra difiere fundamentalmente del informe que en 1857 eleva el Juez de Paz, en el que asigna al pueblo (¿nuevo?) 695 habitantes, de los cuales el 18% son italianos y menos del 1% ingleses, en claro contraste con el resto del partido.⁵⁵
Principales actividades de sus habitantes
El partido de San Vicente estaba emplazado en parte de la zona que el fundador de Buenos Aires había destinado a estancias, por lo tanto, la base de su economía fue, desde siempre, la ganadería. En el censo de 1815 la mayor parte de la población denunciaba como oficio «criador», aunque hay unos pocos labradores y artesanos.
Hacia fines del siglo XVIII y comienzos del XIX la agricultura se practicaba en el sur y noroeste del partido en muy pequeña escala y sólo para la subsistencia. Así, por ejemplo, en 1795 el Alcalde de Hermandad de San Vicente elevó un memorial al Cabildo pidiendo que los propietarios de ganados mayores en la cañada del Samborombón se retiraran del lugar donde los labradores tenían sus sementeras, que era un espacio de una legua desde la chacra del Sargento Islas hasta el fin del partido (actual distrito de Brandsen).
Un Bando de 1817 ordenaba que las tierras situadas al sur del Riachuelo hasta seis leguas en circunferencia al puente de Barracas, dejasen de ser terrenos de estancias y fuesen considerados y tenidos por tierras de pan llevar. Esto generó un juicio promovido por hacendados de San Vicente y Quilmes para que se suspendiese la retirada de las haciendas, puesto que -argüían- todos los terrenos al norte del Salado eran propiedades particulares. No se accedió al pedido y el Bando debió cumplirse, por el daño que causaban los animales a las sementeras.
Lo cierto es que, hasta 1810, las zonas ganaderas por excelencia eran Entre Ríos y la Banda Oriental, por las mejores condiciones de los terrenos (buenos drenajes). Pero esta región entró en crisis entre 1810 y 1820: al libre comercio que había afianzado la revolución hay que agregar que en la Banda Oriental la lucha contra los realistas primero, contra los portugueses después, consumió la riqueza ganadera y desordenó los circuitos comerciales. La Mesopotamia sufrió poco después un proceso similar, al comienzo menos violento, pero igualmente devastador.
Esta crisis estimuló la expansión ganadera en las comarcas no tocadas por la guerra civil, entre ellas las zonas mejor ubicadas respecto al centro exportador de Buenos Aires, entre las que se encontraba San Vicente.
El comercio libre, al orientar esa actividad hacia Liverpool, asestó un duro golpe a los grupos mercantiles relacionados con la ruta de Cádiz. En 15 años los comerciantes ingleses se hicieron dueños del mercado. A partir de la década del ’20, sobre todo, algunos de los grandes comerciantes porteños volvieron al campo (no olvidemos que hasta 1840, el 90% de las exportaciones -en valores- eran productos de la ganadería). Sus pares extranjeros también participaban de la expansión del sector rural porteño. No es casual que el General Juan José Viamonte adquiriera varios campos en la Pcia. de Buenos Aires. Su estancia más importante estaba ubicada en San Vicente muy cerca del pueblo.
Es por ello que, antes de 1820, la introducción de animales tendientes a mejorar las razas, sobre todo ovinas, era escasa. Se daba en el partido de La Matanza, fundamentalmente. A partir del gobierno de Martín Rodríguez la cosa comenzó a difundirse. En lo que respecta al partido de San Vicente, hay que destacar la labor de pioneros británicos, como Sheridan, quien, asociado a Harrat y Whitfield, adquirió en 1826 una estancia de más de dos leguas de frente y fondo para la cría exclusiva de lanares. Más tarde la sociedad se dividió, quedando Sheridan al frente de su estancia «Los Sajones», mientras Harrat lo hacía en «Los Merinos».
Este boom de la explotación ovina que comenzó a darse en la década del ’30 es la consecuencia de la extensión del maquinismo a la industria lanera, lo que incrementó las necesidades de materia prima en los países industrializados.
En la década del ’40 se introdujeron grandes innovaciones y adelantos técnicos en la explotación de este ganado, así como construcciones más sólidas y confortables para resguardarlos, en coincidencia con la incorporación de nuevos capitales de origen extranjero, lo que hizo decir a Mac Cann: «toda la campiña saliendo de la ciudad y en un radio de 30 leguas es un vasto criadero de ovejas…»
Esto de ninguna manera indica que se haya abandonado la provisión de carnes a los saladeros ni la exportación de cueros vacunos.
En las lagunas del partido era también importante la crianza de nutrias cuyos cueros eran utilizados, sobre todo, por la industria sombrerera.
En 1854 San Vicente tenía 558.000 cabezas de ganado lanar; mayor cantidad que Cañuelas (413.340), Ranchos (390.600), Lobos (325.982) y Chascomús (270.887), los mayores productores de la zona.
Para ese mismo año, la ocupación de la población activa del partido era, según el censo provincial antes citado, la que sigue: hacendados, 47%; peones de campo, 36%; agricultores, 2%; comerciantes y dependientes de comercio, 7%; artesanos, 1%; otras profesiones, 7%.
La obra de Haydée Epifanio fue declarada de Interés Municipal por la Municipalidad de San Vicente; de interés legislativo por el HCD de San Vicente; y de interés legislativo por la Cámara de Senadores de Buenos Aires.

Vías de comunicación y transporte
En los territorios del Virreinato de Río de la Plata no existían correos organizados. En muy raras ocasiones la clase social más encumbrada dirigía alguna carta a familiares y amigos por medio de algún viajero, arria o carreta. Si era de urgencia, se enviaba un chasque que, a su vez, sería portador de la respuesta. Las carretas eran fletadas por los comerciantes, y los viajeros aprovechaban esta circunstancia para trasladarse (se le restaba a cada carreta un tercio de la carga por cada persona con su equipaje) ya que eran contados los casos en que se preparaban dichos transportes con la exclusiva finalidad de conducir pasajeros.
Señalemos que los caminos transitados en la pampa siguieron la ruta de los usados por los indios: las rastrilladas. Eran apenas huellas de carretas, cortadas a veces por zanjas, lagunas y arroyos, carentes de puentes.
Los principales caminos que salían de Buenos Aires rumbo a la campaña eran el del bajo (que conducía a la quinta de Rosas), el del norte (hacia San Isidro), el del Oeste, por la actual calle Rivadavia (que iba a Cuyo) y el del Sur. Este arrancaba de la actual Plaza de Mayo y, más tarde, del Mercado del Sur (Plaza de la Constitución). Tomaba por la calle del Buen Orden (Bernardo de Irigoyen) hasta Cochabamba; de allí, al bajo para tomar por la calle larga de Barracas (Montes de Oca) en dirección al Riachuelo, pasando por la pulpería de La Banderita (Suárez y Montes de Oca), parada de las diligencias que iban para los pueblos del sur.
El Riachuelo se atravesaba por el puente viejo, construido en 1849 por el Coronel Chilabert (puente Pueyrredón). A un par de kilómetros, el camino se bifurcaba: uno iba a la Magdalena y el otro a Chascomús. Este último tomaba a la derecha del Puente Chico, abriéndose a la derecha a tres o cuatro kilómetros, por donde corre la actual avenida H. Yrigoyen/Ruta 210 (ex Pavón). Dejaba a su izquierda los actuales pueblos de Lanús, Lomas de Zamora, Adrogué, Burzaco hasta A. Korn, hacia el sur, paralelo, durante largo trecho, a lo que después fueron las vías del ferrocarril Sud. A la altura de Longchamps, una bifurcación seguía camino a Las Flores (R.P. N 16) pasando al sur de la laguna de San Vicente.
En 1810 la Primera Junta creó la carrera de postas a la Ensenada de Barragán, que se unía luego a San Vicente por un camino de similar recorrido a la ruta provincial Nº 6.
En 1818 se organizaron las postas en el camino que se dirigía al sur; en 1822, las carreras para el correo de la campaña, que fue dividida en cuatro zonas. La tercera carrera, que salía los días 21 de cada mes, llegaba a Remedios (Ezeiza), San Vicente, Chascomús, Ranchos, Monte, Lobos y Navarro.
En 1833 las postas del camino Buenos Aires-Chascomús eran: Cañada de Gaete, a cargo del maestro Pedro Ferreyra; Tronquitos, a cargo de Santos Páez; Alto Redondo, a cargo de Aniceto Negrete; San Vicente, a cargo de Ramón Taus; Samborombón abajo, a cargo de José Oromi; Samborombón arriba, a cargo de Gregorio Lecog y Chascomús, a cargo de Rojas.
En 1852 se fundaron las «Mensajerías Argentinas» que conducían pasajeros, mercaderías y correspondencia a distintos puntos del país, utilizando coches construidos aquí. Cada asiento pagaba $5 la legua. De San Vicente salían los días 6 y 22 de cada mes.
Durante el gobierno de Pastor Obligado (octubre de 1853), se impuso que los días 10, 20 y 30 de cada mes partirían tres correos desde Buenos Aires para las vías norte, sur y oeste de la campaña. En la vía del sur, la ruta era Barracas, Remedios, San Vicente, Ranchos, Chascomús, Dolores, Fuerte Independencia (Tandil) y Bahía Blanca:
Desde los Remedios, salía un chasque para Ensenada y Magdalena.
De San Vicente, otro para Cañuelas y Guardia de Lobos
De Ranchos, otro a Monte
De Dolores, otro a Azul.
En 1854 apareció la nueva línea «Diligencias Argentinas» conduciendo pasajeros, cartas, encomiendas, etc. Una de sus rutas era San Vicente, Ranchos, Paso del Venado, Tandil. Salía los días 20 de cada mes.
Como vemos, la comunicación entre Buenos Aires y la campaña no era muy fluida.
Próximamente, el Capítulo 3: El traslado del Pueblo de San Vicente.
















