Por Haydée Epifanio | Un recorrido por el trazado original del Nuevo Pueblo de San Vicente y el reparto de sus tierras: el nacimiento de una trama urbana que dio lugar a sus instituciones fundacionales, desde el Palacio Municipal y la Parroquia San Vicente Ferrer hasta la Escuela 1 y el Antiguo Cementerio.
Delineación
El pueblo, según Lamolinairie, fue delineado en el terreno más alto de la zona y a corta distancia de la laguna, «fuente de utilidad y de recreos para los vecinos» y teniendo en cuenta las pautas fijadas por el Gobierno respecto de los vientos predominantes.
Era el clásico damero que tenían las ciudades pampeanas de la época, con una plaza central que nucleaba los edificios públicos más importantes: la municipalidad, la iglesia, la escuela… Se componía de 83 manzanas de una extensión de 100 varas las calles que hacían frente al NO y SE y 150 varas las que lo hacían al NE y SO; más adelante se agregaron otras diez manzanas irregulares. En los cuatro ángulos extremos había también una plaza, destinada a recibir las carretas.
En cuanto a los elementos circulatorios, el cardio y el decumano correspondían a la prolongación del camino principal que iba al Sur y el camino al Azul, respectivamente, que se cruzaban en el ángulo nordeste de la plaza principal. A las calles que desembocaban en esa plaza, se les dio un ancho de 30 varas y a la demás, de 20 varas.
Las quintas seguían el mismo delineamiento del pueblo y cada una de ellas estaba compuesta de cuatro manzanas con sus calles, salvo en los casos en que la laguna, el arroyo, etc. lo impidieron. En la dirección al SO las quintas no pudieron ser enteras, atendiendo al rumbo que seguían las propiedades más antiguas. El costado NE se hallaba atravesado por el camino principal que iba al sur, lo que determinó el trazado de algunas quintas irregulares debido a un principio que no debía desecharse: «a los caminos es preciso dejarles llevar respetuosamente sus giros […] ellos van buscando siempre las lomas y eminencias para evitar los bajos que prontamente se convierten en pantanos.»

En armonía con la delineación del pueblo y las quintas, Lamolinairie hizo la de las chacras. El alto número de solicitantes lo obligó a seguir su trazado hacia el NE no pudiendo hacerlo en otra dirección, y tratando de respetar las primeras y antiguas poblaciones.
Esta delineación fue aprobada por el Departamento Topográfico, como ya dijimos, con la recomendación de señalar en el plano el sitio destinado a cementerio, los edificios públicos y los «propios».
Reparto del suelo
Según el decreto del 18 de octubre de 1853, se le impuso a la Municipalidad de San Vicente reservar el siguiente número de solares:
En un costado de la plaza principal, la extensión que considere necesaria para la iglesia, casa cural y escuelas. En el costado del frente, el necesario para juzgado, cárcel y demás edificios públicos.
De 50 a 60 solares a todos los rumbos. Al menos cuatro de ellos en cada una de las plazas interiores.
En un punto del ejido, un espacio conveniente para cementerio.
En el ejido correspondiente, a cada costado del pueblo, tres suertes de chacras en cada uno, que serán también de propios y servirán de pastos y campos comunales.
Los solares del pueblo serían dados en propiedad plena (con preferencia a los pobladores del pueblo viejo), y las suertes de quintas y chacras serían dadas en calidad de quedar sujetos los cesionarios a lo que dispusiese a este respecto la ley de tierras, debiendo todo aquel que obtuviera solar o suerte llenar las condiciones de poblador.
Con posterioridad, la Municipalidad constituyó una «Comisión de Solares» encargada de analizar los pedidos y conceder la «acción» sobre solares, quintas y chacras. Estas «acciones» o derechos se podían transferir. Si bien esta transferencia fue escasa en el caso de los solares, fue bastante frecuente en chacras y quintas, en que cambiaron más de una vez de accionero.
En la sesión del 30 de noviembre de 1862 la Municipalidad resolvió arrendar las chacras y quintas desde el año siguiente, lo que constituirá una nueva fuente de ingresos para esa Comuna.

En los pueblos de campaña el Gobierno de la provincia había delegado en el poder municipal las funciones primordiales de la colonización ejidal. Tanto el reparto de las tierras fiscales como el establecimiento de poblaciones agrícolas quedaban a su cargo. Por ello, la Municipalidad sugirió al Ministro de Gobierno, Dn. Pablo Cárdenas, una forma de conciliar las disposiciones legales sobre venta de tierras y los intereses de los poseedores de las quintas y chacras dentro del ejido, atendiendo de consumo a la inferioridad reconocida de los terrenos de ese pueblo, dando mayores facilidades a los compradores y alargando los plazos de pago, lo que «vendría a facilitar la adquisición de los terrenos ocupados y terminara por hacer efectiva indispensablemente la venta general y pronta de todas las chacras y quintas disponibles».
En febrero de 1866 se iniciaron los trámites para medir el ejido del pueblo. Se licitó el trabajo, aceptándose el presupuesto de Julio Jardel, pero, habiendo iniciado las mensuras en enero del año siguiente, en mayo abandonó el pueblo, por diferencias pecuniarias con la Municipalidad. Se le encomendó entonces la tarea a Félix Malato, previa renuncia de su cargo en la Comuna.
La mensura fue aprobada por el Departamento Topográfico en noviembre de 1868.
En el mismo año, el Ministro Avellaneda estableció un criterio más liberal para la venta de terrenos que la ley de octubre de 1864, a pedido del mismo vecindario. En virtud de la nueva norma se decidió ordenar las propiedades, debiendo los ocupantes regularizar sus títulos solicitando la escrituración, previa mensura del agrimensor municipal.
El registro de los pedidos de mensura que surge como consecuencia de esa política posibilitó la reconstrucción del plano de propietarios originales y el análisis de la distribución del suelo, con algunas reservas.
Hay que hacer notar que el número de lotes no mensurados no se corresponde necesariamente con lotes baldíos, por cuanto en algunos de ellos se han detectado pobladores, pues aparecen como linderos en las escrituras. De ello se deduce que el registro de títulos está incompleto o no todos los vecinos completaron el trámite.
Asimismo se observó que el agrimensor cometió algunos errores en la descripción de los lotes (número de lote en la manzana, puntos cardinales, vecinos) los que han tratado de subsanarse confrontando las mensuras de los linderos.

Vemos que algunos pobladores poseen más de un solar debido a que solicitaron terrenos para sus hijos menores (manzanas 12 y 53); otros, lo hicieron en más de una manzana; a veces son mujeres casadas que los solicitaron para afincar bienes que les pertenecían por herencia. Debido a que los poseedores de lotes debían poblarlos (construir una casa por cada cuarto de manzana, por lo menos), se colige que había viviendas disponibles.
Compulsado el primer censo nacional (1869), se ha encontrado un número considerable de censados que no son propietarios, lo que nos lleva a suponer que esas viviendas se alquilaban.
Del Registro de Mensuras surge que la comuna concedió la propiedad de las tierras que ocuparon sin interrupción algunos pobladores/del pueblo viejo que no se mudaron.
Como todavía quedaban lotes baldíos, hacia 1874 la Municipalidad procedió al remate público de terrenos, no exigiéndose, aparentemente, la condición de poblador. Estos solares fueron compra dos -en su mayor parte- por individuos ya establecidos en el pueblo (de ahí que aparezcan vecinos con lotes en más de una manzana).
Edificios públicos
a) Palacio municipal e iglesia provisoria.
Para la Municipalidad se había proyectado un amplio edificio que constaría de seis espaciosas habitaciones de material, con techo de azotea, con una hermosa portada y cuatro ventanas con reja a la calle.
Sin embargo, «habiéndose desvanecido con el progreso del tiempo y la positiva práctica de las cosas la ilusión o esperanza de hacer la Iglesia -entonces tan necesaria- tuvo que destinar[lo] para ésta […] y modificarlo en su estructura y comodidades»
Es así que, el 17 de junio de 1856, el presidente de la Municipalidad, Don Lorenzo Escola, envió una nota al Ministro de Gobierno, Vélez Sarsfield, informando que «se hizo formar un plano del edificio que creyó necesario y suficiente hacer, conteniendo una Iglesia provisoria (hasta que se pueda construir un templo digno), casa cural, Juzgado de Paz y Sala principal. Se consultaron varios arquitectos y se formó un presupuesto que la Municipalidad creyó llenar con sus entradas y sobre todo con la cooperación de los vecinos del partido […] Y se dio principio a la obra. Habiendo llegado a la necesidad de tocar el gran recurso con que contaba de la ayuda del vecindario, la Municipalidad no ha encontrado en éste, aquella cooperación que tan justamente esperaba […] Recurrimos a su protección a fin de que se continúe tan importante obra y por eso recabamos del [Gobierno] la cantidad de 80.000 pesos, bajo las condiciones que […] creyera justo imponernos…»

El Gobierno no hizo lugar al pedido, aduciendo que todavía no se había determinado el terreno que habría de ocupar el nuevo pueblo. El 29 de noviembre se reiteró el pedido, esta vez por 30.000 pesos, pero sólo le otorgó 5.000.
Mientras se realizaba la construcción del edificio, los servicios religiosos se llevaban a cabo en la capilla del pueblo viejo. El párroco, sin embargo, vivía en el nuevo pueblo, en una casa que las autoridades civiles alquilaban para él.
En el libro Mayor de la Municipalidad se ven innumerables donaciones del vecindario del Partido para la obra del Templo, llegándose incluso a vender los materiales de la Iglesia que estaba en construcción en el pueblo viejo para aumentar los recursos.
La inauguración de la iglesia provisoria se llevó a cabo en diciembre de 1859, en medio de una fiesta con cohetes, música y chocolate.
El costo de la obra había ascendido a 250.000 pesos m/a.
En el inventario de 1865 obrante en el Archivo parroquial se la describe: «la Iglesia era de azotea con dos torres; medía 29 varas de largo y 6 de ancho; cielorraso y piso [nuevo]; el presbiterio de tablas y de ladrillos la Iglesia. [Tenía] tres altares, el mayor dedicado a San Vicente y Virgen del Rosario; dos laterales, uno dedicado a Jesús Nazareno y otro nuevo dedicado a Nuestra Señora de los Dolores. Con su coro y púlpito. […] Dos confesionarios […] un órgano armónico […] / Habitación del cura. Dos piezas de azotea, una cocina con techos de paja, un cuarto de altillo sobre la sacristía, otro cuartito sobre el palomar techado de tejas, un galpón con techo de chapas dividido en dos cuartitos, uno con altillo…»
La Municipalidad y Juzgado de Paz debieron ocupar por varios años «una casa alquilada, la cual, como todas las que no han sido construidas para ese fin no ofrece sino pocas comodidades.»
b) Escuelas
Trasladado el pueblo, la Sociedad de Beneficencia intentó establecer una escuela pública para niñas. Después de algunas dilaciones motivadas por la falta de recursos de la Municipalidad para poder levantar un edificio destinado a ese fin, en mayo de 1857 el Juez de Paz comunicó a la institución que ya estaba terminada la construcción y podía empezar a funcionar la escuela. Recomendaba el nombramiento de la señora Matilde Diana como preceptora, a instancias de algunos vecinos del distrito. Se hizo lugar al pedido y el 28 de mayo se realizó la designación. Provisoriamente, hasta el 12 de julio de 1857, funcionó en la casa de D. Valentín Febrer.
El 1 de agosto se compraron mesas, bancos y tablero para la nueva escuela.

Al mes siguiente, la Preceptora informó de las novedades a la presidente de la Sociedad: «hemos sufrido dos meses terribles, se nos anegó la casa en los grandes temporales que hubieron; la escuela se compone de doce niñas, hay otras que dicen no haber venido por estar el campo lleno de agua y estar distante del Pueblito, […] con el tiempo serán muchas, porque ahora recién se está poblando esto…»
En agosto de 1858 fue nombrada Inspectora de la Escuela de Niñas la Sra. Isabel Zorrilla de Secchi.
El 22 de abril del año siguiente tuvo lugar con todo brillo la distribución de premios. Estaban presentes el Prefecto, el cura, varios municipales y un buen número de parientes de las niñas premiadas.
Pero en febrero de 1860 la Sra. Matilde Diana de Justo pidió el traslado a Buenos Aires, pues con la muerte de su esposo tenía que hacerse cargo de la manutención de sus cinco hijos y no podía hacerlo con el escaso sueldo que le proporcionaba la Sociedad de Beneficencia. En apoyo a su solicitud, manifestaba que en San Vicente la mayoría de las alumnas provenía de familias pobres, por lo que no podía contar con ningún otro pago. A esto había que agregar la carestía de los alimentos en el pueblo (una tercera parte más de lo que gastara en la ciudad), lo que dificultaba su subsistencia.
Recién en abril de 1861 se accedió a su pedido, haciéndose cargo de la escuela la señorita Dolores Rodríguez. Las alumnas llegaban a 31.
Es interesante señalar la importancia del acto de los exámenes y distribución de premios. En nota a la Inspectora, la Municipalidad comunicaba que había autorizado al «Secretario de esta corporación para que prepare todo lo que sea necesario al mejor lucimiento posible y obsequios a las S.S. Preceptoras y alumnas de ese establecimiento» rogándole, al mismo tiempo, «se sirva disponer de un vestido decente y calzado a las niñas que absolutamente no tengan como presentar; debiendo todas las niñas de esa Escuela presentarse con una banda de seda color azul y blanco, todo lo que será costeado por la Municipalidad.»
La señorita Rodríguez en breve lapso preparó tan correctamente a sus alumnas que mereció el elogio de la Corporación: «De los pocos exámenes que se efectuaron en la Escuela de Niñas, en los años anteriores ninguno, puede decirse, merece compararse al que se preparó este año, pues además del crecido número de alumnas, la instrucción, la moral, la religión, las labores, la aritmética, la gramática, los modales con que se presentaron hicieron resaltar tan a lo vivo el esmero diligente de la Preceptora que dejaron completamente satisfecho al vecindario.»

Pero, lamentablemente, al año siguiente fue dejada cesante, siendo reemplazada por la Sra. Francisca L.V. de López. La Municipalidad entonces alquiló una casa para que estableciera en ella una escuela particular, que se sumaba así a la que, con el mismo carácter, estableciera en 1860 la señora Cecilia G. de Girondo.
La crisis económica de 1864/65 se hizo sentir también en San Vicente, haciendo desaparecer las dos escuelas particulares de niñas y también la de varones.
Con respecto a la escuela para varones, seguía funcionando en el pueblo viejo, a cargo del preceptor Antonio Castellini, como dijimos. En ese carácter enviaba los informes trimestrales a la Inspección General de Escuelas del Estado de Buenos Aires.
El 10 de agosto de 1857 el Presidente de la Municipalidad solicitó al Sr. Febrer que acondicionara la casa que había ocupado la escuela para niñas a fin de trasladar a ese edificio la escuela de varones.
Días después, instruyó a Garat para que, estando casi lista la casa donde funcionaría la escuela, exigiera al preceptor la contestación por escrito sobre la mudanza.
El Prefecto, de la Serna, sugirió la idea de construir una escuela para varones en el nuevo pueblo, la que fue aceptada por la Corporación «para crear desde hoy una juventud capaz de formar después una sociedad culta y moral».
El 20 de enero de 1858 Castellini envió a la Inspección General de Escuelas su informe trimestral. Pero dos días antes el organismo había designado preceptor a D. Cecilio Girondo.
Se esperaba tener lista la casa alquilada para escuela el 20 de febrero. Estaba «compuesta de tres piezas de 8 varas cada una, techo de azotea y con su correspondiente cocina…» El alquiler era de $ 400, pero la Municipalidad estaba dispuesta a soportar la diferencia si no alcanzaba la suma dispuesta por el Gobierno.
Los planos de la escuela proyectada habían sido aprobados y la Municipalidad inició una suscripción que, para febrero, alcanzaba a $ 11.492, con lo que se iniciaron las obras, las que fueron encomendadas a D. Faustino Molinero.
Recién el 3 de marzo de 1858 el preceptor de la escuela del pueblo viejo, Castellini, entregó a Girondo, bajo inventario atestiguado por Garat, los útiles de la escuela del pueblo viejo. Pasaron así a la nueva escuela, entre otros elementos, 6 bancos de asiento, grandes y chicos, 3 mesas para los alumnos, 1 mesa chica para el preceptor, 11 libros de lectura, 4 frasquitos de tinta, 6 tinteros de madera y el cuadro de Santa Rita.
En su primer informe trimestral, Girondo manifestaba que el número de alumnos era escaso, pero que se vería incrementado por el empeño de los Sres. de la Serna y Garat.
El mismo panorama pintaba el Prefecto de la extensa Sección 8: «la educación primaria hace progresos en la campaña, excepto en San Vicente, donde las escuelas de ambos sexos han permanecido desiertas a causa de ninguna iniciativa a este respecto de la Municipalidad. Se han tomado algunas medidas tendientes a que el mayor número posible de niños disfrute de la educación.»

De acuerdo a la reglamentación vigente, el 6 de octubre se reunió la Comisión examinadora para evaluar y clasificar a los alumnos que presentaría el preceptor Girondo para recibir los premios. La componían D. Juan José Garat, el municipal D. Manuel Fernández y el oficial 1 de la Prefectura, D. Agapito Rodríguez. Los 6 alumnos acreedores al premio habían ingresado hacía siete meses, y eran: 1, Juan Manuel V. Girondo; 2, Rufino Febrer; 3, José María Pelayo; 4, Cecilio Girondo; 5, Bernardo Nievas y 6, Máximo Charras. Además de los premiados, se distinguía a Justo Fredes, de 14 años, quien habiendo ingresado hacía solo un mes, se destacaba «por la perfección en la lectura, tanto mayúscula como minúscula.» En el informe a Sarmiento, dando cuenta del resultado de los exámenes, el presidente de la Municipalidad solicitaba la designación del joven Juan Manuel Girondo como ayudante, pues la escuela contaba con 35 alumnos y se «esperaba que en un mes o dos tendría 60 más».
El profesor Teodoro Ruffet, director de un prestigioso establecimiento educativo en Buenos Aires, había solicitado al Departamento de Escuelas la autorización para instalar una escuela privada en San Vicente, la que le fue concedida. En vistas de ello, el Director de Escuelas le ofrecía a Girondo el traslado, para que no se viera perjudicado. Al rechazar la oferta, el preceptor argüía que había invertido mucho dinero en establecerse con su familia en San Vicente. Además, era querido por la Municipalidad y el vecindario, por lo que no podía «perder una posición tan a duras penas adquirida».
Los recursos siempre exiguos de la Comuna la llevaron a solicitar al Gobierno la suma de $7.417$ para completar la escuela cuya edificación se había concluido.
La inauguración se llevó a cabo el 14 de agosto de 1859, aunque faltaba todavía el encalado exterior y el cerco del terreno. La escuela se hallaba «situada en uno de los frentes de la plaza principal de este pueblo, […] ascendiendo su costo, incluso los gastos de conservación a 50.000 $ m/c.
Este edificio se compone de cuatro piezas y un zaguán, paredes de material y techo de paja; una de las piezas es el salón principal y se compone de doce varas de largo por seis de ancho, con cuatro puertas a la calle de doce cuartos de alto por seis de ancho, otra puerta al zaguán de entrada y otra al patio; una pieza de siete varas por seis de luz con puertas al zaguán y al patio y una ventana de reja a la calle. Estas dos piezas y zaguán componen un cuerpo de 25 varas a la plaza. Las otras dos piezas se hallan en el patio de un cuerpo aparte y se componen cada una de cinco varas por cinco con una puerta y una ventana siendo destinadas, una para comedor y la otra para cocina.»
Los que siguieron fueron años difíciles para la provincia. La guerra entre Buenos Aires y la Confederación retrasó el progreso de la extensa campaña bonaerense. Después de Cepeda parecía que la calma había renacido. El Estado porteño adhirió a la Constitución de 1853, previo algunas reformas, y los preceptores de las escuelas públicas del distrito, Cecilio Girondo y Francisca V. de López fueron invitados a llevar a los niños a la Iglesia, donde el 21 de septiembre de 1860 se juraría la Constitución, «vestidos con el mayor esmero posible y con una banda de color azul y blanca […] con el objeto de dar toda la importancia que se requiere a tan solemne acto».
Pero la situación bélica renació. En marzo de 1862 el Departamento de Escuelas pedía explicaciones a la Municipalidad por el brusco descenso del alumnado en la escuela de varones, que había pasado de 30 a 12 alumnos. «Tal vez bastaría para remediar tamaño mal-sostenía Pazos- que la acción de la Municipalidad tendiese a combatir la preocupación e indolencia de los padres, que despreciando los beneficios que le brinda el Superior Gobierno preparan una vida de miseria y fatiga para sus hijos». El preceptor se defendía aduciendo que «los obstáculos creados por la guerra continua por que hemos pasado» fueron la causa de la deserción.
Para 1864 el edificio se había deteriorado. La Municipalidad escribía al Gobierno: «el mal estado en que se hallan hoy los techos del cuerpo principal de este edificio lo hacen inhabitable y llegará a ser ruinoso si pronto no se le pone techo de azotea y se hacen en él las refacciones que necesita, por lo que […] en vista de la generosa protección que el Superior Gobierno ha dispensado a otros pueblos para llevar a cabo la construcción de edificios -para escuelas públicas- […] adjuntamos el presupuesto de gastos que demanda la terminación de esta obra, es decir, la construcción de los techos de azotea en el principal cuerpo del edificio, el cambio de las cuatro puertas del salón por cuatro ventanas de reja, la construcción de dos piezas más, techo de paja para el servicio del preceptor y pupilos y el cerco del patio…»
El Gobierno donó para dicha obra la cantidad de $ 31.670 y nombró una comisión compuesta por el Presidente de la Corporación [J. S. Pardo], el Municipal encargado de la Instrucción Pública y el cura párroco para proceder a su realización. «Ya se estaban aglomerando con la mayor actividad los materiales necesarios cuando el fuerte temporal de junio ppdo. [1865], levantando los techos de paja, derrumbó la mayor parte del edificio, cayendo hasta las paredes dobles del frente a la calle. Este desastroso inconveniente paralizó la obra, siendo necesario hacer un nuevo contrato con el maestro encargado de la construcción, con un aumento de 17.000 pesos en el costo […] esta obra estará completamente concluida antes del mes de setiembre próximo, con excepción de los revoques exteriores, que se harán después que el edificio se haya asentado y los cuales están presupuestados en 15.000 pesos más de los 50.000 en la que ha sido contratada por costo de materiales y mano de obra.»
El 19 de abril de 1867 murió el preceptor Cecilio Girondo, sucediéndolo interinamente Justino Villamayor.
A mediados de 1868 el Sr. Carlos Ruffet se presentó al Gobierno solicitando ayuda para la instalación de una escuela de horticultura en la quinta de su propiedad, situada a corta distancia del pueblo. A fin de no megrar más el presupuesto educativo de la provincia, se le ofreció nombrarlo preceptor de la escuela de varones, dotándolo de un sub-preceptor que facilitase el desempeño de sus tareas, con la obligación de dar en ciertos días lecciones de horticultura a los niños de la misma escuela. Así, el 29 de julio de ese año, recibió la designación, y su hijo Teodoro, la de sub-preceptor. Como era de práctica, Villamayor debió hacer entrega de la escuela, bajo inventario, a su sucesor.
La Sra. Isabel B. de Sisnago (nacida en 1828 y diplomada el 6/1/1848), fundó una escuela particular en 1868. En enero de 1873 se convirtió en Escuela Municipal de ambos sexos.
En mayo de 1876 el Consejo Escolar propuso al Señor Director General de Escuelas que el establecimiento pasara a formar parte de las escuelas públicas a cargo de ese organismo bajo la denominación de «Jardín de Infantes».
A fin de evaluar la propuesta, fue comisionado para producir un informe el inspector D. Tomás Larrain, quien nos ha brindado una pormenorizada relación de la situación educativa en el distrito. Visitó las tres escuelas públicas, «resultando de la inspección y examen, un estado regular en los métodos y modos de enseñanza y un aprovechamiento más que mediano por parte de los educandos […] La escuela elemental de varones, a cargo del preceptor Dn. Antonio Armenta, y ayudado por el subpreceptor D. Manuel E. Ferreira, tiene un total de niños inscriptos en número de 83, con una asistencia media de 45. La escuela elemental de niñas bajo la dirección de la preceptora Sra. Celestina León ayudada en sus tareas por la subpreceptora Sra. Toribia Vitoria, cuenta con 67 alumnas de inscripción escolar y una asistencia media de 55 niñas. Las clases funcionan todos los días hábiles de la semana, la organización y disciplina son buenas […] Hay una escuela particular que antes gozaba de subvención de la Municipalidad, la que se halla a cargo de la Sra. Isabel F. de Sisnago, ayudada por la subpreceptora Elvira Sisnago. Esta escuela, librada a sus propios esfuerzos desde que se le retiró la subvención, y lo que es más, funcionan do actualmente como escuela gratis, cuenta con 57 alumnas de inscripción escolar y 42 de asistencia media. Este hecho solo se explica por la verdadera vocación de la Sra. Sisnago […] Creo de alta conveniencia proveer de conformidad a las gestiones hechas por aquel Consejo Escolar, pero […] para la formación de una escuela pública sobre la inmejorable base de la escuela particular que regentea la Sra. Sisnago».
Así, la citada escuela mixta pasó a depender de la Dirección General de Escuelas.
c) Corral Municipal
En agosto de 1858 se construyó el Corral Municipal, para encerrar la hacienda que serviría para el abasto del pueblo. Estaba ubicado en la actual calle Rivadavia, entre Las Bases y Aristóbulo del Valle.

d) Plaza principal
El plano del pueblo delineado por Lamolinairie en 1857 había previsto una plaza principal (en el centro) y cuatro secundarias (una en cada ángulo).
Recién a comienzos de la década de 1870 se realizaron mejoras a fin de hermosear este espacio público, que por entonces no tenía nombre propio: se colocaron bancos, faroles y adornos, se puso césped, se plantaron paraísos y se cercó su perímetro. Los placeros fueron, en esa década, D. Pedro Forlasco, primero, y D. Domingo Cupi con posterioridad.
En 1880 se fundó una sociedad filantrópica dedicada a la enseñanza de la música a los niños pobres, la «Sociedad Musical Sanvicentina», que recibía un subsidio de la Municipalidad. Tenía una Banda, con la que amenizaba los actos patrióticos y otras fiestas.
En 1884 surgió otra Banda, perteneciente a la sociedad musical «La Espontánea». Esta banda también «había resuelto amenizar con su concurrencia el entretenimiento musical de todos los domingos y días de fiesta en la plaza».
En vista de ello, la Comuna reglamentó esta actividad, disponiendo que las funciones musicales podían extenderse desde la una de la tarde hasta la oración. La Banda de la sociedad más antigua se establecería «en el redondel lateral de la plaza que mira inmediatamente a la casa municipal, designándose para la [otra banda] el redondel que mira al frente de la Iglesia parroquial». Las dos Bandas debían tocar sus piezas alternativamente, no pudiendo tocar ninguna de ella dos piezas consecutivas. En el caso de que una de ellas dejara de tocar por más de quince minutos, se suponía que no quería seguir tocando, por lo que la otra podía continuar sola el espectáculo.
e) Cementerio
En septiembre de 1862 comenzó la suscripción en el partido para la construcción del Cementerio que se proyectaba levantar en el lugar de la antigua iglesia y en el cual tendrían una parte los vecinos protestantes.
Dos años después, reunida una suma importante, tuvo lugar la reunión general de habitantes del distrito para dar principio a la obra. Al efecto se nombró una comisión integrada por J. J. Garat, Faustino Molinero, Andrés Iriarte, José Santos Pardo, Floro Lavalle, Alejandro León, Cornelio Domselaar, Ramón Fernández, José Ochando y Guillermo Cow. Se agregaron Adolfo Korn y Diego Laurie, en representación de los vecinos que pertenecían a la comunión de los protestantes. Al año siguiente, la construcción estaba casi terminada. Tenía 120 varas por lado, y la portada estaba compuesta por dos hojas de hermosa reja de hierro de 7 varas cada una. Contiguo al cementerio católico, pero completamente independiente de éste, se construyó otro cementerio más chico, destinado para los protestantes, el que también llevaba un hermoso portón de hierro, al mismo frente. La obra había sido contratada por la cantidad de 103.000 pesos.
El costo del cementerio había sido mucho mayor que la cantidad suscripta y el erario municipal estaba exhausto, por lo que se pidió ayuda al Gobierno: «no pudiendo esta Municipalidad hacer pesar sobre sus rentas el ingente abono del déficit que resulta de la construcción de dicha obra y temerosa de comprometer su crédito, vuelve su vista hacia el Superior Gobierno […] confiando fundadamente que ese déficit ser mandado abonar por el Tesoro de la Provincia para salvar a este Municipio del estado apremiante…» Y así fue…
En principio la inauguración estaba prevista para el 8 de diciembre de 1865, y en esa confianza se elevó la invitación al cura. Pero el Obispo le había prohibido bendecir la obra, por cuanto el cementerio municipal lesionaba sus intereses. Es así como el presidente de la Municipalidad, en una extensa nota, le explicaba a Mons. Escalada que la corporación sólo tendría la administración local del enterratorio, quedando, de hecho, a cargo del cura párroco, la administración eclesiástica. En cuanto al cementerio para protestantes, se lo había denominado así, para no herir las susceptibilidades de aquel gremio, que había contribuido grandemente a la obra, pero en realidad estaba destinado a todos aquellos cadáveres a los que, con arreglo a las disposiciones de la Iglesia, no podía dárseles sepultura eclesiástica. Y le rogaba a S.S.I. diera la autorización al cura para que procediese a la bendición solemne del cementerio.
Finalmente, la inauguración se llevó a cabo el domingo 4 de marzo de 1866 con gran pompa. La Municipalidad invitó al Ministro Cárdenas a apadrinar la obra, pues ella era «el primer peldaño para el ascendente progreso material y moral de esta localidad» y cumplía con el deber de manifestar al Gobierno «la gratitud que le es debida por la benéfica protección que le ha dispensado para la terminación del hermoso y cómodo cementerio…»

El encargado de la necrópolis fue, por muchos años, D. Juan Choquini.
Una semana después se hizo el primer entierro. El presidente de la Municipalidad le escribió al párroco: «habiendo llegado el caso de hacer uso del cementerio católico del partido […] el señor cura se servirá proceder a la bendición de las fosas para sepultar los cadáveres que obtengan la licencia eclesiástica, siendo necesario dar principio con el de la párvula Florentina Borda, cuya licencia eclesiástica ha sido presentada a esta Municipalidad, solicitando boleto de sepultura. Este penoso deber del Señor Cura al allanar las dificultades para la bendición general del cementerio, lo hará más acreedor al aprecio y gratitud del vecindario.» Pero, a pesar de la lisonja, no hizo lugar al pedido.
En 1871 se terminó definitivamente la Capilla del cementerio. Tenía 12.50 varas de largo por 6 de ancho, con un altar; «el navío era una grande bóveda construido en el centro […], cerrada herméticamente con una lápida». El osario general había sido construido por D. Antonio Gervasini. El 31 de diciembre tendría lugar la inauguración de la capilla y la exhumación solemne de los restos de los cementerios que habían estado junto a la Iglesia del pueblo viejo. Se lo invitó nuevamente al párroco para dar su bendición. Este hizo la consulta al Obispo. Monseñor Aneiros daría su consentimiento «siempre que en el nuevo cementerio haya un local separado para enterrar a los que no merecen sepultura eclesiástica, lo que debe ser público y constar al cura con toda seguridad, en lo cual recomendamos ponga todo su cuidado, en tal caso y no de otro modo» Es así como el día indicado el cura vicario procedió «a dar la bendición solemne al cementerio y capilla.»
f) Iglesia
La idea de la construcción de templo de San Vicente se cristalizó en 1874, con la colocación de la piedra fundamental, aunque los trabajos habían empezado antes.
Se hizo una gran fiesta a la que fueron invitadas personalidades de la vida política y eclesiástica, amén del pueblo. Hubo de todo: embanderamiento, asado con cuero, banda de música, fuegos artificiales. Para el baile, el maestro D. Ireneo Carranza ejecutó en el piano las melodías de moda. El Obispo Aneiros, permaneció tres días en el lugar, confirmando a todos los niños.
El proyecto había sido confiado al prestigioso arquitecto Pierre Benoit, auxiliado por el Maestro Simón Barrés como empresario contratista. De la construcción se hizo cargo D. Juan Gervasini. Los ladrillos fueron provistos por Francisco Bevilacqua, Desiderio Coromi, Bautista Arano y Juan Traverso. Los materiales fueron traídos por ferrocarril, y desde la estación, por carros. El altar había sido encargado al empresario Carlos Pivernal.
La Municipalidad solicitó un crédito al Banco de la Provincia y todo el vecindario colaboró para que la obra fuese posible. Los gastos sumaron $1.008.639.
La Iglesia fue proyectada para tres naves, aunque no se había construido más que la principal, la cual tenía 47 varas de largo por 12 de ancho y 16 de alto; el techo era de teja francesa con dos torres, una terminada, que medía 25 varas y la otra a medio terminar, con un altar dorado que abarcaba todo el frente.

El diario capitalino La Prensa anunciaba la inauguración de este modo: «San Vicente. En este pintoresco pueblo del sud de nuestra campaña se preparan grandes fiestas […] con motivo de […] la inauguración del nuevo templo que ha sido allá construido. Se asegura que será padrino de la fiesta el Ministro de la Guerra, Dr. Alsina. Habrá banquete, carrera de sortija, fuegos artificiales y por conclusión, un baile en los salones municipales.»
El 30 de setiembre el Obispo Aneiros lo bendijo solemnemente ante numeroso público.
El párroco continuó viviendo en la Iglesia provisoria. Es así que, el 12 de junio de 1877, la Comuna lo intimó a desalojar la casa cural, atento a que «desde que la Municipalidad determinó la construcción del templo que hoy se halla a su cargo, notificó a su antecesor que simultáneamente con la entrega de ese edificio público tomaría posesión de la casa Municipal […] Que esa resolución coincide con el estado financiero del país y con la obligación que tiene esta Corporación de hacer economías en los gastos ordinarios, por la situación de su tesoro debido, en gran parte, a las erogaciones que le ha ocasionado la construcción del referido templo […] Si como es de esperar la situación del país cambia […] tratará de construir en la nueva Iglesia las piezas necesarias para la habitación del cura y las demás oficinas.»
Desalojado el edificio municipal, se efectuaron las reformas necesarias para que pudiera cumplir su función específica. Entre julio de 1877 y 1880 se puso manos a la obra que modernizó el edificio, dándole las características que hoy ostenta.
En 1898 se deslindaron definitivamente los terrenos pertenecientes a la Iglesia, que medían 14, 90 metros de frente por 66, 90 de fondo «a los efectos de tener comodidades para edificar más adelante una casa con destino a vivienda del cura párroco.»
Economía y sociedad
Para el análisis, tomamos los datos del primer censo nacional de 1869, por contar con las planillas censales.
Para entonces, vivían en el pueblo 563 personas y en el ejido, 437. En cuanto a las actividades económicas, diferenciamos:
Sector primario: Dedicados a esta actividad, había 126 personas: 7 hacendados, 2 criadores, 32 labradores, 3 chacareros, 8 peones de labranza, 69 peones y jornaleros.
Sector secundario: Encontramos industrias y artesanías dedicadas a satisfacer necesidades cotidianas, que podemos distinguir así:
a) Productos alimenticios: 12 panaderos y 3 confiteros.
b) Calzados y prendas de vestir: 1 alpagartero, 15 zapateros, 2 sastres, 8 costureras.
c) Construcción: 12 albañiles, 10 carpinteros, 4 herreros, 1 hornero.
d) Artesanías varias: 5 cigarreros, 1 platero, 1 riendero, 1 trenzador, 1 painetero.
e) personal empleado: 58 jornaleros y 1 repartidor de pan.
Sector terciario: Había 133 personas, discriminadas así:
a) Educación: 7
b) Salud: 2
c) Servicio doméstico: 62 (13 cocineras, 2 planchadoras, 34 lavanderas, 13 sirvientas y mucamas).
d) Servicios de carácter administrativo y religioso: 10 (2 sacerdotes, 1 escribano, 2 escribientes, 3 soldados, 1 maquinista y 2 carreros)
e) Comercios: 52 personas (34 comerciantes -sin discriminación-, 3 carniceros, 1 verdulero, 3 fonderos, 3 abastecedores y 8 dependientes).
De acuerdo con los datos que anteceden, la población económicamente activa era del 39, 8% del total, y la podemos discriminar así:
Actividades primarias: 32 %
Actividades secundarias: 35 %
Actividades terciarias: 33 %
El análisis precedente, que muestra un sector terciario significativo -inusual en los pueblos rurales- nos hace pensar que ya en 1865 San Vicente cumplía las funciones de centro político-administrativo y comercial de una vasta región. Su importancia deviene, pues, de la circunstancia de que en esa época los otros centros urbanos existentes estaban muy alejados.
CAPITULO 1 | LOS ORÍGENES DE SAN VICENTE.
















