La historia de la ciudad de Guernica, en el actual partido de Presidente Perón, guarda una mística que trasciende las fronteras y el tiempo. Todo comenzó en 1934, cuando Matilde Díaz Vélez decidió fundar una localidad en las tierras de su familia. Lo que nadie imaginaba en aquel entonces era que el nombre elegido, en honor a sus raíces vascas, se convertiría años más tarde en un símbolo universal de la capacidad humana para levantarse después de la tragedia.
Apenas tres años después de su fundación en suelo bonaerense, la Guernica original en España fue arrasada por un bombardeo sin precedentes en 1937, durante la Guerra Civil Española. Aquel ataque buscaba quebrar el espíritu de un pueblo, pero solo logró lo contrario: convertir a la villa vasca en un ícono mundial de paz y reconstrucción. Ese mismo «espíritu de roble» parece haberse trasladado a los habitantes de la Guernica argentina, quienes han enfrentado desafíos climáticos extremos con una entereza admirable.
Uno de los hitos más recordados por los vecinos más antiguos ocurrió en marzo de 1973. En aquel entonces, una tormenta supercelular descargó granizo del tamaño de naranjas sobre la zona. Los bloques de hielo, con formas irregulares y una fuerza devastadora, perforaron techos de chapa y destruyeron las tradicionales tejas coloniales, dejando a muchas familias a la intemperie en cuestión de minutos.


Aquella granizada de los años 70 no solo afectó las viviendas, sino que golpeó el corazón económico de la región al destruir cultivos y matar animales de corral. Sin embargo, la comunidad demostró su temple: vecinos protegiéndose con colchones y mesas, ayudándose mutuamente a tapar ventanas y reconstruyendo lo perdido cuando aún no existían los sistemas modernos de alerta meteorológica.
Décadas más tarde, la naturaleza volvió a poner a prueba a la ciudad de una manera casi inverosímil. Entre diciembre de 2000 y enero de 2001, Guernica sufrió el impacto de dos tornados de categoría F3 con apenas quince días de diferencia. El primero, el 26 de diciembre, voló decenas de techos y arrancó árboles de raíz; el segundo, el 10 de enero, fue aún más letal y destructivo.
La magnitud del desastre de 2001 fue tal que el Hospital Cecilia Grierson perdió gran parte de su techo, obligando a una evacuación heroica de pacientes en medio del caos. Las imágenes de ambulancias dadas vuelta por el viento y más de 1500 autoevacuados daban cuenta de una situación apocalíptica que habría doblegado a cualquier otra comunidad. Pero, al igual que sus antepasados vascos, los habitantes de Guernica se pusieron de pie.
Hoy, al recorrer sus calles, se percibe esa mezcla de historia y superación. El paralelismo es claro: mientras la Guernica española sobrevivió al «daño horizontal» de las bombas, la bonaerense superó el «daño vertical» del granizo del 73 y la furia de los tornados de 2000 y 2001. En ambos casos, el resultado fue el mismo: un pueblo que se niega a ser definido por sus tragedias.
Llevar el nombre de Guernica es, en definitiva, aceptar un legado de lucha. Ya sea frente a los conflictos humanos o ante la fuerza indomable del clima, la ciudad ha demostrado que su verdadera base no es el ladrillo o la chapa, sino la voluntad de sus vecinos. Una historia que comenzó con el sueño de Matilde Díaz Vélez y que hoy continúa escribiéndose con cada techo que se vuelve a levantar.
Es notable cómo el arte terminó por unir definitivamente el destino de ambas ciudades. Aquí tenés una breve reseña sobre cómo la obra de Picasso selló esa identidad de resiliencia:

«Guernica» de Pablo Picasso.
El lienzo que unió dos mundos
El cuadro «Guernica», pintado por Pablo Picasso en 1937, no es solo una representación del bombardeo a la villa vasca; es el grito universal contra el sufrimiento de los civiles ante cualquier tipo de fuerza devastadora. Aunque nació para denunciar un acto de guerra, su lenguaje de formas rotas, techos que colapsan y seres que claman al cielo se convirtió en un espejo donde la Guernica bonaerense también pudo reflejarse tras sus propias catástrofes.
Cuando el granizo de marzo de 1973 destruyó los cultivos y perforó las viviendas, o cuando los tornados de 2000 y 2001 arrancaron los techos del hospital y las casas, la comunidad local experimentó esa misma sensación de fragilidad que Picasso plasmó en su lienzo. El cuadro simboliza el «daño horizontal» de las bombas y el viento, pero también la resistencia vertical de quienes se quedan para reconstruir.
Hoy, la presencia de reproducciones y murales inspirados en esta obra en la ciudad peronense sirve como un recordatorio constante: llevar ese nombre implica pertenecer a una estirpe de sobrevivientes que, ante la destrucción, siempre eligen el camino de volver a empezar.
















